Guillermo Saccomanno:”La violencia política marca toda la literatura argentina”

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En este año para el olvido, que quedará sin embargo impreso en la memoria social, Guillermo Saccomanno no publicó un libro sino tres. Soy la peste (Planeta), una novela de iniciación donde el mal es aliado del protagonista, un adolescente sin nombre que inicia una fuga fatal (para los otros); Mis días Trakl (Las Cuarenta), diario de lecturas y versiones del poeta Georg Trakl como núcleo desde el que irradian anotaciones, reflexiones e incluso poemas, y Mis citas con Lao (Edulp), que agrupa escritos o soliloquios donde la mujer amada (la escritora Fernanda García Lao) es el Tao que lo guía y desorienta. Los tres libros forman una constelación donde las conexiones se hacen evidentes a medida que se avanza en la lectura: imágenes de Egon Schiele, divagaciones éticas sobre las máscaras de amor, la angustia y la maldad motivadas por textos de Simone Weil, William Carlos Williams y Alejandra Pizarnik, y el mar como punto de llegada. También la relación entre padres e hijos, a la que el autor de El buen dolor no abandona, emerge en los tres nuevos libros de Saccomanno, considerado por muchos escritores, en especial escritoras argentinas hoy reconocidas, un maestro del arte de la ficción. Actualmente, trabaja en una compilación de sus columnas para el diario Página 12, en un libro de textos breves, “casi epigramáticos”, dice, y en nuevo volumen de cuentos.

¿Es verdad que escribiste Soy la peste en cuarenta días? ¿En qué estado?

La escritura de esta novela surgió por contrafobia en el primer tiempo del confinamiento. Me levantaba temprano, a eso de las cinco, todavía en lo oscuro, y escribía. Ignoraba cómo continuaría la aventura en la mañana siguiente. No disponía de un plan previo. Escribía compulsivamente mientras aumentaban las estadísticas de muertes. Escribía en crisis con la ficción. Me preguntaba qué escribir, cómo escribir. En los casi cuarenta días de esa escritura desesperada, lo único que tenía en claro era escribir una novela que le gustara al pibe que fui a los quince, cuando salí a trabajar y descubrí la calle. Por entonces mi lectura era Roberto Arlt. Su obra funcionaba para mí como guía espiritual y también como Guía Peuser. En este punto, los dos autores que me acompañaron ahora en la escritura fueron Arlt y Rimbaud, dos poéticas que me marcaron en mi iniciación y que se me resignificaban en el aprendizaje salvaje del protagonista.

¿Cómo trabajaste la voz del protagonista y narrador?

Mi aspiración no era escribir una novela futurista sino una expresionista, donde se conjugaran elementos distópicos del pasado y el presente. Pero que no fuera tanto lo escenográfico lo que marcara esa disrupción, sino una alternancia entre una lengua “alta”, educada, y una “baja”, plebeya, por momentos algo anacrónica en su torsión o “lunfa”. Una operación anterior, la de La lengua del malón, puede ser un antecedente, pero en Soy la peste el experimento es más rabioso.

Los contextos son determinantes en tus novelas.

La historia, el contexto nos atraviesan y no los podemos eludir. Y cruzan mis ficciones. Los lugares, el tiempo me escriben. Así Los días Trakl es obra del bosque y el mar y Soy la peste responde a lo urbano.

¿Es una novela picaresca o una ficción sobre el mal?

Me parece que está más cerca de la indagación del carácter del mal. Dostoievski se preguntaba si ante la muerte de Dios estaba todo permitido. Determinados condicionantes, un contexto de desolación y muerte, el sálvese quien pueda se disparan en una metástasis del sistema, el otro se constituye en enemigo, en una fiera, y el protagonista, el pibe innominado, en esta situación se convierte en canalla. Tal vez esta novela busca radiografiar la formación de un canalla.

El odio caracteriza al protagonista. ¿Es un sentimiento dominante en la esfera pública?

Leo todas las mañanas The Guardian. Y sigo con frecuencia las intervenciones de Noam Chomski, entre otros pensadores de la nueva izquierda internacional en su diagnóstico sobre la suerte del capitalismo: caminamos hacia el abismo. Me gustaría no compartir este pesimismo.

¿Qué significa hoy ser un intelectual de izquierda?

Implica no ser complaciente con los discursos dobles del poder, cuestionar el orden establecido y el propio campo de acción, la escritura y toda intervención. No implica afiliarse a tal o cual partido sino mantener una perspectiva crítica, correr el riesgo de ser un outsider aun dentro de los circuitos de consagración, disentir aunque esto implique ser un molesto, perder beneficios y regalías que el sistema propone, animarse a decir no. John Berger y, más acá, Andrés Rivera, serían los paradigmas. Por supuesto, asumir este planteo arranca con mi propio cuestionamiento, hacerse cargo de los riesgos de la contradicción y muchas veces la incomodidad al no coincidir con el medio en que uno interviene, y este podría ser el caso.

¿Por qué en la narrativa argentina la representación de la violencia es tan frecuente?

La violencia política marca toda nuestra literatura, incluso aquella que pretende ignorarla. Siempre vuelvo a la idea central de David Viñas en sus ensayos: “La literatura argentina nace y se organiza alrededor de una metáfora mayor: la violación”. Viñas alude, sin vueltas, a El matadero, de Esteban Echeverría.

¿Qué consecuencias produjo la pandemia en el campo cultural? ¿Desde el Estado se prestó atención suficiente al sector?

Empecemos por comprender en el campo cultural la degradación de la educación pública y los docentes. Sigamos luego por las distintas partes que componen la “industria” editorial, que funciona a pulmón. Pasemos también por la desflecada actividad teatral, detengámonos en el bajón de la “industria” cinematográfica. Y si reparamos en la situación de libreros y escritores, la desolación no es menor. En tanto, no se tomó suficiente conciencia social de la gravedad de la pandemia. Tengamos en cuenta que somos un país colonizado del Tercer Mundo, que padecemos males de arrastre, que el gobierno anterior causó estragos en todas las áreas y que la crisis sanitaria es letal. Desde esta perspectiva lo cultural, si bien es un interés que me compromete, lo sectorial -que es de clase- no puede no estar afectado y pasa inexorablemente a un lamentable segundo plano.

¿Cambió mucho el papel del escritor en las últimas décadas?

El papel del escritor como intelectual se ha distorsionado a partir de determinadas ansiedades por la figuración. Mis modelos, Sartre y Pasolini, por citar solo dos, son intelectuales críticos. Mantener una independencia en esa perspectiva no implica hacerse el distraído y elijo, como Simone Weil, estar del lado de las víctimas. Pienso tanto en aquellos que padecen la pandemia en hacinamiento como en los apaleados en el desalojo de Guernica, en el personal de salud y su situación miserable mientras se enfrenta el desastre. Pienso una vez más en el gremio docente. Pienso en los perdedores, en los humillados y ofendidos. Y pensar la realidad desde este punto de vista no significa abogar por un arte que defienda la bajada de línea. Allí donde está el dolor está la necesidad del arte.

¿Cómo viviste los cambios que introdujo el feminismo en el ámbito literario?

Lo viví y vivo de cerca en la medida en que mi compañera, la escritora Fernanda García Lao, ha sido y es una activista. En lo inmediato, comparto dos urgencias: la ley que legalice el aborto y la formación de una jurisprudencia que sancione la discriminación, el mal trato, el abuso y la cuestión horrorosa de los femicidios cada vez más numerosos.

En Mis citas con Lao, el amor a los libros, la escritura y la lectura se asocia con el amor a una mujer.

Las “citas” tienen una doble significación, son recortes literarios y, a la vez, posibilidades de encuentro. Se trata de la conjugación de vida y literatura en una correspondencia estrecha. Como escritores, con Fernanda no podemos separar una de la otra. Y en efecto, así como hemos escrito dos libros en coautoría, nos influenciamos al compartir bibliotecas complementarias en diálogo constante.

 

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